RECORDANDO LA HISTORIA

La voz del genuino sentir de los pueblos de América se alzó como colosal grito de rebeldía y combate, cuando el 2 de septiembre de 1960 más de un millón de cubanos, reunidos en Asamblea General Nacional efectuada en la Plaza de la RevoluciónJosé Martí, aprobaron, jubilosos, la Primera Declaración de La Habana, leída por Fidel Castro.

 RESPUESTA REVOLUCIONARIA

Tensando cada vez más su política hostil hacia la Revolución cubana, el Gobierno norteamericano tres meses antes, había cancelado la compra de azúcar a Cuba, con el pretendido fin de ahogarla en la miseria y el hambre. Frente a esa brutal agresión económica, la respuesta revolucionaria no se hizo esperar: la nacionalización de empresas estadounidenses radicadas aquí.

La Primera Declaración de La Habana fue la réplica viril a la Declaración de San José, acordada durante una reunión realizada en Costa Rica por la Organización de Estados Americanos (OEA), en la que el Canciller de la DignidadRaúl Roa García, con lenguaje afilado y argumentación irrebatible, denunció los ataques, falacias y maniobras de Estados Unidos y sus acólitos, contra Cuba.

Pese a ello, allí se adoptó un acuerdo lesivo a Cuba, gracias al servilismo de la mayoría de los gobiernos representados en tal cónclave.

Del histórico documento recordamos:

la Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba proclamó ante América:

  • El derecho de los campesinos a la tierra;
  • El derecho del obrero al fruto de su trabajo;
  • El derecho de los niños a la educación;
  • El derecho de los enfermos a la asistencia médica y hospitalaria;
  • El derecho de los jóvenes al trabajo;
  • El derecho de los estudiantes a la enseñanza libre, experimental y científica;
  • El derecho de los negros y los indios a la dignidad plena del hombre;
  • El derecho de la mujer a la igualdad civil, social y política;
  • El derecho del anciano a una vejez segura;
  • El derecho de los intelectuales, artistas y científicos a luchar con sus obras por un mundo mejor;
  • El derecho de los estados a la nacionalización de los monopolios imperialistas, rescatando así las riquezas y recursos nacionales;
  • El derecho de los países al comercio libre con todos los pueblos del mundo;
  • El derecho de las naciones a su plena soberanía;
  • El derecho de los pueblos a convertir sus fortalezas militares en escuelas, y a armar a sus obreros, a sus campesinos, a sus estudiantes, a sus intelectuales, al negro, al indio, a la mujer, al joven, al anciano, a todos los oprimidos y explotados, para que defiendan, por si mismos, sus derechos y sus destinos.

La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba reafirmó su fe en que la América Latina marchará pronto unida y vencedora, libre de las ataduras que convierten sus economías en riqueza enajenada al imperialismo norteamericano, y que le impiden hacer su verdadera voz en las reuniones donde Cancilleres domesticadas hacen de coro infamante al amo despótico.

Ratificó por ella, su decisión de trabajar por ese comité destino latinoamericano, que permitirá a los países edificar una solidaridad verdadera, asentada en la libre voluntad de cada uno de ellos, y en las aspiraciones conjuntas de todos. En la lucha por esa América Latina liberada, frente a las voces obedientes de quienes usurpan su representación oficial, surge ahora, con potencia invencible, la voz genuina de los pueblos, voz que se abre paso desde las entrañas de sus minas de carbón y de estaño, desde sus fábricas y centrales azucareros, desde sus tierras enfeudadas, donde rotos, cholos, gauchos, jíbaros, herederos de Zapata y de Sandino, empuñan las armas de su libertad, voz que resuena en sus poetas y en sus novelistas, en sus estudiantes, en sus mujeres y en sus niños, en sus ancianos desvalidos.

A esa voz hermana, La Asamblea General Nacional del Pueblo de Cuba le responde: ¡Presente! ¡Cuba no fallará! Aquí hay Cuba para ratificar, ante América Latina y ante el mundo, como un compromiso histórico, su lema irrenunciable:

¡Patria a Muerte!

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