Por: Agustín Lage Dávila, 21 septiembre 2021 

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En la nota de la semana pasada (septiembre 13) retomábamos la idea de los tres caminos posibles por los que podría transitar nuestro futuro:

  • El camino de la ingenuidad.
  • El camino del estancamiento.
  • El camino de la cultura.

Y profundizamos un poco (en la medida en que lo permite el espacio limitado) en el primero de ellos: El camino de la ingenuidad.

Como prometimos, vamos ahora a comentar otro futuro posible, el que nos llevaría por el camino del estancamiento, hacia la exclusión del sistema mundial.

Hablábamos la semana pasada de “ingenuidades” que nos pueden inducir a transitar hacia una economía privada, concentradora de la riqueza, que sobrepase y margine la economía estatal socialista, que es la que principalmente distribuye riqueza. Pero sucede que también vemos actitudes ingenuas en el otro extremo, el de la inmovilidad y la suspicacia ante cualquier posible transformación.

Estas actitudes no están entre los aspirantes a “hombres de negocio” y sus ideólogos, sino entre los burócratas. Conducen al riesgo de intentar resolverlo todo con más regulaciones administrativas y más controles, sin salir nunca de la “zona de confort” de cada organización. Se llega así a una manera de pensar y actuar en la que los procedimientos acaban siendo más importantes que los objetivos, y se acepta posponer o limitar objetivos a cambio de ser estrictos en el cumplimiento de los procedimientos establecidos. Así se lleva a la sociedad, paso a paso, hacia el abandono de objetivos audaces y sueños visionarios. Exactamente lo contrario de la actitud revolucionaria.

 

¿Cómo sería el futuro si limitamos las iniciativas económicas y sociales al cumplimiento de las orientaciones que vienen “de arriba”? ¿Qué ocurriría en el mediano plazo si insistimos en sustituir o sancionar inmediatamente al directivo que implementa una estrategia que finalmente fracasa y le cerramos así los caminos a la exploración audaz de alternativas dentro de la Revolución? Los cuadros con más iniciativas son los que tienen más probabilidades de emprender alguna que contenga errores. Es casi una ley de la aritmética. La obsesión de normarlo todo conduce a un ambiente de “riesgo asimétrico” en el que emprender una iniciativa—que casi siempre contiene incertidumbres—es mucho más riesgoso que no emprender ninguna.

¿A dónde conduce la presión por cumplir con decenas de normas, prohibiciones y controles en asuntos puntuales, si se hace a expensas de limitar el pensamiento y las iniciativas en los procesos esenciales? ¿Cómo podría ser posible motivar a los jóvenes a soñar sobre Cuba, en un ambiente de este tipo?

En una empresa, como en cualquier organización humana, a partir de determinado grado de complejidad —y la economía moderna tiene mucha—la suma de la optimización de las partes no es equivalente a la optimización del todo. La conquista de los objetivos grandes, de los que depende el crecimiento de la economía empresarial y nacional, frecuentemente implica que determinados componentes del proceso funcionen de manera sub-óptima. ¿A dónde conduce la obsesión de normar y controlar por separado, a veces desde varios órganos controladores diferentes, cada uno de los subsistemas y procesos de la vida empresarial?

Retomando la visión desde las ciencias naturales, los médicos (como es el caso del autor de esta nota) conocemos muy bien que existen agresiones externas a la salud—principalmente los gérmenes patógenos—en las que una robusta respuesta inmune nos defiende; pero también existen situaciones en las que una respuesta inmune excesiva, supuestamente protectora, conduce a la autoagresión que daña los tejidos sanos. Son las llamadas enfermedades autoinmunes, que pueden ser mortales. El enemigo conoce también esta analogía, y con frecuencia la intención de sus agresiones es precisamente provocar nuestra sobrerreacción.

Ya ha sucedido previamente. En la Unión Soviética, después de décadas de crecimiento económico, de sobrepasar en los años 1950 y 1960 los índices de crecimiento de los países capitalistas desarrollados, y lograr realizaciones industriales admirables; en la década de 1970 la economía empezó a dar señales de estancamiento. Entre 1979 y 1982 la producción industrial se contrajo 40 %. La rígida planificación central y los métodos administrativos de dirección vertical limitaron el impacto de la ciencia y la tecnología en la producción.

Ya desde 1965 Che Guevara escribía en una carta a Fidel:  “La técnica ha quedado relativamente estancada en la inmensa mayoría de los sectores económicos soviéticos […] En la Academia de Ciencias de ese país hay acumulados centenares, tal vez miles de proyectos de automatización que no pueden ser puestos en práctica porque los directores de las fábricas no se pueden permitir el lujo de que su plan se caiga durante un año, y como es un problema de cumplimiento del plan, si le hacen una fábrica automatizada le exigirán una producción mayor, y entonces no le interesa fundamentalmente el aumento de la productividad”.

Fidel Castro, en sus entrevistas con el periodista Ignacio Ramonet, hizo la siguiente observación: “Lo curioso es que la Unión Soviética era el país que más centros de investigación creó, mas investigaciones llevó a cabo y, excepto en la esfera militar, el que menos aplicó en su propia economía el caudal de invenciones que desarrolló”.

En el siglo XX, el hermoso ideal moral del comunismo se vio erosionado por la disfuncionalidad de un modelo económico de dirección vertical administrativa y planificación rígida, que se adaptó mal a los rápidos cambios tecnológicos. La planificación material centralizada, eficaz en la economía industrial del siglo XX, dejó de funcionar en la economía de alta tecnología, flexible y dinámica que exigía el siglo XXI.

El estancamiento, que sacrifica objetivos de desarrollo en aras de la rigidez de los controles es otro de los futuros posibles. El riesgo es incluso mayor ahora que en los años en que Fidel y el Che hicieron sus observaciones, porque los cambios tecnológicos son más rápidos en el siglo XXI y la globalización de la economía implica la urgencia de ser competitivos e interconectados a escala global.

La apuesta ingenua a más regulaciones y más controles introduciría un freno a la construcción de conexiones económicas con otros países (imprescindibles, aunque reconocidamente riesgosas) y reforzaría el aislamiento y la exclusión de Cuba del sistema económico global. El bloqueo del gobierno estadounidense contra Cuba está explícitamente diseñado para aislar y excluir.

En la dinámica de la globalización, el retraso no es siempre consecuencia de que un país sea “explotado” económicamente. También ocurre como consecuencia de que un país sea “excluido” de la economía global. Y estar desacoplado de la economía global significa estar desacoplado del futuro.

El estancamiento es otro “futuro posible”. Por ese camino podríamos mantener la equidad social y la soberanía nacional durante un tiempo, pero no alcanzaríamos la prosperidad. Si esto ocurriese, el estancamiento de la economía abriría la puerta, en el plano ideológico, a la desconfianza de las nuevas generaciones en el sistema socialista y a la creencia espuria de que las desigualdades sociales son un precio necesario para la dinámica del crecimiento económico.

Del peligro de transitar por ese camino alertó también el recién concluido   8vo Congreso del Partido Comunista de Cuba al expresar en su Informe Central que: “[…] es ineludible provocar un estremecimiento de las estructuras empresariales desde arriba hacia abajo y viceversa, que destierre definitivamente la inercia, el conformismo, la falta de iniciativas y la cómoda espera por instrucciones desde los niveles superiores”.

¿Y entonces…?  ¿Cómo evitar al mismo tiempo la ingenuidad de las concesiones y el estancamiento auto-excluyente?

No espere ningún lector que el autor de esta nota caiga en la arrogancia de pretender tener soluciones a este complejo dilema; pero de todas formas, y humildemente, algo intentaremos decir en la nota de la semana próxima.

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