Por: Ricardo Ronquillo, 12 septiembre 2021

En este artículo: CubaMiguel Díaz-Canel BermúdezRevolución cubanaSocialismo

La imaginación humorística criolla tiene un clásico del cantinfleo, para cuando se está «contra las cuerdas», al que valdría la pena volver entre tantos dilemas sociales y políticos de estos tiempos.

Sería muy saludable pensar en ello, mientras las más altas autoridades del país, algunas de las cuales salen de sus zonas de confort —como se llama científicamente a las rutinas que no pocas veces se hacen rutinarias—, para sumergirse en las zonas rojas de la realidad.

Ese salto de las oficinas ministeriales e institucionales de distinta naturaleza, de la disección refrigerada de las cifras, los informes y los datos al calenturiento y vaporoso encuentro con lo que un personaje carismático de Juventud Rebelde llama la «realidad real», con sus seres de carne y hueso, zarandeados por muy dolorosas y complejas circunstancias personales, familiares, comunitarias y de más largo alcance, deja saldos de sensibilidad que hacen florecer lo mejor del espíritu fundacional de la Revolución.

Mientras otros no se cansan de llamar a la intervención militar —vergonzosa y plattistamente—, hasta en el día en que los cubanos honramos a la amorosa y protectora Virgen de la Caridad, la dirección de la Revolución insiste en una idea que es esencial para la otra «intervención», la que desarrolla ahora mismo parte del sistema institucional y empresarial en decenas y decenas de comunidades del país en desventaja social.

No se trata con este despliegue de una usurpación paternalista, a espaldas de lo que aspiran y sienten los seres que habitan en esos entornos y de lo que por tanto tiempo soñaron y defendieron, sin respaldo o comprensión institucional alguna, sus líderes y organizaciones comunitarias.

Un enfoque de esa naturaleza haría parecer este esfuerzo gigantesco, en medio de los mil demonios y urgencias que nos acechan, como una cruzada oportunista, incluso, politiquera, algo muy distante de las esencias justicieras que lo compulsan.

Como tanto insiste el Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de la República, Miguel Díaz-Canel Bermúdez, esta no puede ser una campaña pasajera, sino el inicio del renacer de una concepción renovada de la política social de la Revolución, de largo alcance, que comenzó por priorizar las heridas sociales más sangrantes, pero tiene que proyectarse sostenidamente hacia el futuro, para dar cabal cumplimiento al diseño de un socialismo próspero y sostenible.

No se trata de apaciguar inquietudes sociales con fines políticos, sino de reconfigurar las políticas sociales de la Revolución para que, entre trances durísimos y olvidos e insensibilidades imperdonables, no se pierdan las esencias que le dieron sentido y la llevaron al triunfo de sus ideales.

Lo que está en juego, como decía esta semana una humilde madre de la barriada de El Fanguito, en la capital, a la reportera Talía González, mientras se regocijaba frente a la casa nueva que crecía con las manos de uno de sus hijos junto a una brigada constructora, es el rescate de la esperanza, de la utopía justiciera y bienhechora de nuestro socialismo, que parece descarriarse, no pocas veces, entre tantas malezas por desbrozar.

Con la esperanza levantándose junto a las paredes de su casa, se levanta también la estima y la confianza de esta madre en el sistema de instituciones del país, que por un buen tiempo parecían haberla abandonado a su suerte.

Y lo anterior no es lo único que renace. También lo hacen el respeto y la autoridad de las instituciones y autoridades comunitarias, y su capacidad de representación y resolución de conflictos dentro del entramado de la institucionalidad democrática nacional. Se trata de resolver el dilema sobre el que tanto alertó el intelectual Alfredo Guevara: el Poder Popular, además de esto último, tiene que en verdad ser un «poder».

Las demandas de la comunidad El Fanguito tanto tiempo insatisfechas o relegadas por la Asamblea Municipal del Poder Popular y otras instancias, narradas a la colega Talía por su representante gubernamental en la base, y abultadas en los informes de insatisfacciones de las asambleas de rendición de cuenta a lo largo del archipiélago, ejemplifican también muy dolorosamente dicha incongruencia.

El retoño esperanzador llega también con ese regreso al compromiso y vocación social que se perdió entre las instituciones y el sistema empresarial público del país, en la misma medida en que determinadas decisiones técnicas, nacidas al calor de la actualización del modelo socialista, parecerían que resolverían de una vez nuestros males de fondo. El desafío es encontrar el justo equilibrio entre las decisiones técnicas y la política, en medio de la actualización en marcha.

Sería un grave error olvidarnos de aquella advertencia del Che Guevara en El socialismo y el hombre en Cuba, cuando recalcó que es «evidente que el mecanismo no basta para asegurar una sucesión de medidas sensatas». En opinión del Héroe de La Higuera, hace falta una conexión más estructurada con la masa, es necesario el desarrollo de una conciencia en la que los valores adquieran categorías nuevas.

Y ello, como enseñan a los revolucionarios cubanos los mazazos de la vida, no se resuelve con un galimatías o simple retruécano cantinflesco a lo «la técnica es la técnica y sin técnica no hay técnica».

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