Autor: Julio César Sánchez Guerra | internet@granma.cu

10 de octubre de 2021

Un libro puede alcanzar la condición de ser una voz de  alarma,  si advierte con urgencia  sobre los peligros de sobredosis de dispositivos  inteligentes.  Ese es el caso de La fábrica de cretinos digitales. (Los peligros de las pantallas para nuestros hijos). Su autor, el neurocientífico francés Michel Desmurget, se concentra en una pregunta: Esta «revolución digital», ¿constituye realmente una oportunidad para los más jóvenes o bien se trata de una oscura dinámica de fabricación de cretinos digitales?

Desmurget deja fuera de dudas que estamos ante una oportunidad y que, por tanto, no se trata de satanizar las tecnologías de los llamados «nativos digitales», millennials, app generation, o incluso Google generation. El asunto es, por una parte, que para que esa oportunidad se convierta en una fortaleza hay que tener una brújula para navegar: la cultura y el pensamiento crítico.

Por otro lado, está el asunto más complejo: ¿cómo impactan  negativamente los nuevos dispositivos tecnológicos en niños, adolescentes y jóvenes, en la era del llamado Homo digitalis?

El propósito del autor no es llamar despectivamente cretinos a los jóvenes, sino recopilar información profusa para demostrar que el abuso y mal uso de esas tecnologías terminan por crear la estandarización de comportamientos que arrancan la humanidad del hombre.

¿Las pantallas son buenas para los niños? ¿Los videojuegos de disparos como Call of Duty son buenos para el cerebro? ¿Jugar con  la tableta es bueno para los bebés? ¿Todo ello mejora el pensamiento crítico y la comprensión de la lectura?

Un discurso dice que para nuestros pequeños, el advenimiento de los dispositivos es una bendición casi divina y que estamos ante la generación más inteligente de todos los tiempos. Pero hay otro pensamiento contestatario –afirma Desmurget– que incluye a premios Nobel de literatura, periodistas, profesores de universidad, siquiatras, doctores en sicología, investigadores de neurociencia, entre tantos, que demuestran que las pantallas pueden convertirse en nocivas para el cerebro humano, colocado en una situación de permanente multitarea para la que no está diseñado.

El libro prueba con abundantes datos, investigaciones, diversidad de fuentes, contraposición de teorías  y miradas, que hay una disminución del coeficiente de inteligencia, afectaciones al lenguaje, a la memoria, a la concentración de la atención: problemas de salud como la obesidad por el tiempo dedicado a  esos dispositivos en detrimento de actividades físicas al aire libre.

Se  reproducen comportamientos  que sobrestimulan prácticas nocivas como el alcoholismo, hábitos de fumar, ansiedad, incapacidad de interpretación de la realidad, estímulos que generan desequilibrios que afectan la socialización fuera de las redes digitales; también aparece la desesperación por estar siempre conectados o revisando notificaciones: Tales son los fenómenos llamados fomo (Fear of Missing Out). Ese miedo a perdernos algo y que nos lleva constantemente a encender el celular para ver qué pasa en redes digitales, en detrimento del instante de disfrutar, por ejemplo, la hora de compartir en familia unas palabras, el diálogo de gestos y afectos, una comida.

A todo ello se suma que internet es un territorio donde se maximizan los ya existentes instintos humanos, sus pulsiones y odios, la necesidad de mirar y exhibirnos; sitio donde lo privado se  funde con lo público, las opiniones pesan más que los conocimientos y la verdad es parte de un seudoacontecimiento, como ya advertía el historiador estadounidense Daniel Boorstin en los años 60 del pasado siglo. Sin descontar que tal escenario favorece la dominación cultural  resumida en las palabras de Paul Marat: «para encadenar a los pueblos, hay que empezar por adormecerlos». ¿Y ante esa realidad, de qué se trata, de prohibir el uso de dispositivos inteligentes? Sería descabellado asumir esa solución. El autor del mencionado libro, Michel Desmurget, no propone recetas. Solo plantea la dimensión de un problema, que es grave y que merece la autorreflexión en diversos espacios socioculturales desde una mirada crítica y propositiva.

Múltiples directivos de Silicon Valley,  dueños de la industria digital, entre ellos Steve Jobs, el antiguo y mítico presidente ejecutivo de Appel, tomaron medidas para proteger a sus propios hijos de los efectos de dispositivos digitales ¿por qué será? Parece que captan las amenazas de estos medios para la formación integral de la persona; no quieren  caer en las trampas de la vigilancia, el embrutecimiento y el idiotismo. No desean el exceso que aniquila.

Hay libros que se convierten en una voz de alarma, porque nos indican a pensar en el pensamiento, en el «misterio de lo humano» y su facultad de vida comunitaria, en la necesidad de la palabra y los abrazos. La fábrica de cretinos digitales no es un libro para impedir el vuelo, sino la caída.

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