El 20 de mayo de 1902 es una fecha que el gobierno de EE. UU. rememora cada año, junto a sus más cercanos colaboradores y cipayos dentro y fuera de Cuba.

Tienen motivos: ese día recuerdan el fin de la ocupación militar de la Isla y el logro, aunque parcial, de sus objetivos anexionistas, al haber establecido un modelo inédito de dominación sobre la Mayor de las Antillas que les serviría como experiencia para sucesivos sistemas en el mundo.

Ha sido habitual que los presidentes de turno de EE. UU. dirijan un mensaje al pueblo cubano en ocasión de esa fecha. Esta vez, Biden le dio la tarea al Secretario de Estado Blinken, quien aseguró que «EE. UU. honra y apoya a los cubanos que buscan la libertad y un futuro más próspero», y reiteró el compromiso de su gobierno de «acompañar al pueblo cubano en su búsqueda para determinar su propio futuro».

Tal desaguisado provocó la respuesta inmediata del miembro del Buró Político y ministro de Relaciones Exteriores, Bruno Rodríguez Parrilla, quien, en sendos mensajes desde su cuenta en Twitter, expuso la posición meridiana de Cuba.

«El Secretario de Estado de EE. UU., como representante del imperialismo, celebra la fecha de 1902 en que su país impuso en Cuba un gobierno neocolonial, sin poderes soberanos, subordinado a Washington bajo el yugo de la Enmienda Platt. La verdadera independencia se alcanzó en enero de 1959», ripostó el Canciller cubano.

«Si sus propósitos fueran honestos, se avergonzaría de que su gobierno fortaleció el bloqueo económico en el contexto de la COVID-19. Podría empezar por levantar las 243 medidas de Trump que provocan carencias y sufrimiento a las familias cubanas», agregó Rodríguez Parrilla.

La historia es nuestro mayor testigo y juez, dijo Demóstenes, famoso orador y político ateniense, y la historia testifica inexorable lo ocurrido, tras la ocupación militar, con la dolorosa frase escrita el 8 de enero de 1899 por Máximo Gómez, en su Diario de Campaña: «Es posible que no dejen los americanos aquí ni un adarme de simpatía».

En otra escaramuza de dos anticubanos de altos cargos, Marco Rubio y Bob Menéndez presentaron un proyecto de ley cuya esencia es impedir que los tribunales de EE. UU. se pronuncien contra el robo de las marcas cubanas.

Mientras, organizaciones terroristas agrupadas en la titulada Asamblea de la Resistencia Cubana presentaron en Miami su enésimo plan para derrocar  la Revolución: este se llama Plan Rescate de la República de Cuba. Mediante la «lucha simultánea» de cubanos afuera y adentro, «constará de varias etapas, que se irán revelando durante el año», y se apoya en la risible premisa de que «nunca antes se había visto al régimen más cerca de su final».

Presumen de haber logrado convencer al mandatario yanqui, a partir de análisis de información de la comunidad de inteligencia de ese país, de que a la Revolución Cubana le queda poco.

Les falla, como siempre, el análisis: es muy posible que cualquier país del mundo hubiera claudicado ante tal ofensiva oportunista de cerco económico, pero estamos hablando de Cuba, y no comprender la esencia demostrada por la historia, y sostenida por años de resistencia, de que a esta isla indómita es imposible rendirla por la fuerza, o engañarla con falsas seducciones, los llevará una vez más al vergonzoso fracaso.

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